Loïc Le RibaultSitio oficial · 1947–2007

Tierras de exilio

«Dedico estas fotografías a todos los migrantes anónimos, mis compañeros desconocidos que caminan hacia lo desconocido en el mismo momento en que escribo.»

Lo que Loïc Le Ribault nos dice, a modo de preámbulo, de esta etapa de su vida

A través de mi libro, muchos lectores descubrieron el nombre de países cuya existencia ignoraban o que no sabían situar. Me preguntaron cómo eran esas tierras más o menos lejanas y me pidieron que publicara en mi web las fotografías de los lugares y de las personas que más me marcaron y que cito en el libro.

He aquí, pues, un breve viaje ilustrado por mis tierras de exilio.

Dedico estas fotografías a todos los migrantes anónimos, mis compañeros desconocidos que caminan hacia lo desconocido en el mismo momento en que escribo.

Según las definiciones clásicas, soy desde marzo de 1996 un emigrado francés inmigrado en Antigua, luego en Bélgica, en Jersey, en Irlanda y en Suiza, antes de emigrar por fin a Omán.

En ocho años de huida (de 1996 a 2003) recorrí, casi siempre sin papeles auténticos, más de 35.000 kilómetros y crucé una treintena de veces las fronteras de una quincena de países.

Somos así millones en el mundo, saltando de frontera en frontera por las razones más variadas, emigrando o inmigrando según las circunstancias. Prefiero, por eso, llamarnos «migrantes»: hombres a los que han cortado las raíces, o que decidieron arrancarlas, o fueron obligados a ello, y que van y vienen, se marchan, regresan, en busca desesperada de un puerto donde amarrar por fin.

Pocos migrantes lo son por voluntad. Huyen de la pobreza, de la opresión, de la soledad, por el color de su piel, por su religión, por sus convicciones políticas, abiertamente o en secreto. Ilegalmente o no. Con o sin papeles. Tranquilos o con el miedo en el cuerpo. Con o sin oficio. Con o sin dinero. Solos o acompañados. Su migración es un combate por la vida, siempre con la loca esperanza, en el fondo del corazón, de volver al país natal.

Hablen o no la lengua del país al que van a parar, tendrán que adaptarse, «integrarse», como se dice, y eso nunca es fácil.

Porque un migrante, ¿saben?, un extranjero, una especie de invasor, un colono harapiento pero colono al fin, una pieza traída y ni siquiera añadida, tiene por fuerza que fingir que ama al país de acogida.

Miren Irlanda: dicen que es la patria de los poetas. Sí, de los que pasan allí unos días de vacaciones. Pero pocos poetas se quedan seis años en la Verde Erín…

Allí, como no tenía elección, me había acostumbrado a hablar solo inglés, a leer solo prensa anglófona; me había acostumbrado incluso al clima espantoso, a la humedad permanente, a una cocina tan insípida que me obligué a aprender a cocinar; perdido en el Mayo, el condado más salvaje de Irlanda, la punta extrema de Europa, había abandonado todo contacto con el mundo científico.

A mis amigos les ponderaba el olor incomparable del fuego de turba. Durante seis años me empeñé en mirar con afecto a las vacas y a las ovejas a los ojos. Y había fingido conformarme con esa vida: ¿qué otra cosa podía hacer?

Poco a poco, isla tras isla, me convertí en un hombre balcanizado, disperso. Dejé parcelas de mi alma un poco por todas partes: fragmentos de amistad, jirones de amor, esbozos de raíces en Antigua, en Jersey, en Irlanda y en otros lugares.

¿Dónde acabaré mi vida en paz, algún día? Y, por cierto, ¿me dejarán en paz algún día? ¿Para siempre?

No tiene gracia ser migrante…