«Pero no se puede impedir a un prisionero que dibuje su jaula.»
De todas mis tierras de exilio, hay dos que no podré olvidar.
Dos tierras minúsculas, apenas unos metros cuadrados, dos islotes donde los habitantes aprenden lo que es la desesperación absoluta.
Hablo de mis celdas.
Sobre todo la de Gradignan, la primera, la terrible 124. Después me acostumbré a las otras: parecían tan confortables…
Las fotos, claro, estaban prohibidas. Pero no se puede impedir a un prisionero que dibuje su jaula.
He aquí, pues, mis dibujos de la 124, para que cada cual pueda ver en qué condiciones se encarcela en Francia, sin juicio, a quienes se atreven a luchar por la libertad de elección terapéutica.