
«Sin embargo, durante dos años descansé en Suiza. Y descansé de verdad, no se hacen idea. Seguro (o casi) de que mañana sería idéntico a hoy y tan tranquilo como ayer.»
Unas líneas sobre sus dos años en Suiza
Suiza no es solo uno de los países más hermosos del mundo; es también, sin duda, la democracia más auténtica: todas las decisiones importantes se toman con el acuerdo del pueblo, que tiene derecho a pedir, a iniciativa de un pequeño número de ciudadanos, «votaciones» sobre los temas que juzga importantes, desde la integración del país en la Europa económica hasta el uso del bozal para los perros en la calle.
Como decía un humorista, el infierno sería un país donde la policía fuera alemana, los cocineros ingleses, los mecánicos franceses, los amantes suizos y todo estuviera gestionado por italianos; el paraíso, un país donde la policía fuera británica, los cocineros franceses, los mecánicos alemanes, los amantes italianos y todo estuviera gestionado por suizos.
En Suiza, todo lo gestionan los suizos. Ya es un buen comienzo.
Todo está previsto, pensado, organizado y programado para la felicidad y la seguridad de los ciudadanos. Ningún mal viento debe, bajo ningún pretexto, arrugar la superficie del lago tranquilo de sus vidas. Los suizos, ultraprotegidos, son gente feliz.
Pero en dos años tuve la suerte de asistir a dos acontecimientos imprevistos («imprevistos», ¿se dan cuenta?) que sacudieron a toda Suiza.
Tres semanas después del tsunami de Asia, ¡Suiza golpeada a su vez! «La angustia atenaza la ciudad: todos los tranvías están bloqueados, el metro de Lausana evacuado. Por suerte, los bancos han quedado protegidos gracias a su sistema interno de alimentación eléctrica. Todas las tiendas están a oscuras, la mayoría cierran, pero las de las grandes cadenas resisten heroicamente y rechazan la evacuación pese a los riesgos para las mercancías sumidas en la oscuridad. No se lamentará ningún robo. Los bomberos tienen que rescatar a más de un centenar de personas atrapadas en los ascensores. Todas serán salvadas en un plazo de entre 10 y 45 minutos.»
Como para quedar traumatizado, tanto más cuanto que, apenas seis meses después, ¡fallaban a su vez los servicios meteorológicos!
Tornado sobre la Riviera
El 18 de julio de 2005, a las 15.30, tranquilamente instalado en mi salón del noveno piso de una torre frente al lago Lemán, creí soñar: ¡veía venir hacia mí un tornado!
No había duda: los pájaros huían a toda velocidad y, sobre el agua, una enorme ola hirviente precedía a una cabalgata de nubes negras que se precipitaban hacia Montreux. No podía equivocarme: tornados y ciclones he visto bastantes. Pero aquel tornado no lo habían previsto los servicios meteorológicos helvéticos, luego era un sueño. Forzosamente…
Muerto de risa, salí al balcón a fotografiar aquella ilusión óptica. Dos segundos después me ametrallaba un granizo del tamaño de huevos de paloma y tuve que batirme en retirada.
El fenómeno duró solo cinco minutos, pero fue de una violencia extrema. En los alrededores de Montreux, todas las persianas metálicas frente al lago quedaron destrozadas, las ventanas reventadas, los tejados perforados, y miles de coches abollados como si los hubieran pisoteado.
Al descubrir los daños me sentí traicionado, como todos los suizos: ¡aquella catástrofe demostraba que aún no estaba todo previsto para garantizar mi seguridad en cualquier circunstancia!
Sin embargo, durante dos años descansé en Suiza. Y descansé de verdad, no se hacen idea. Seguro (o casi) de que mañana sería idéntico a hoy y tan tranquilo como ayer.
Suiza no es un país de aventura, ni de conquista, ni de azar. Es muy simple: ¡ya no recuerdo qué hice durante toda mi estancia! ¡Gracias, Suiza!


