
«De Irlanda, a decir verdad, guardo pocos buenos recuerdos…»
Lo que Loïc Le Ribault nos cuenta de su paso por Irlanda
Es el país al que llegué a la fuerza, porque me amenazaban en Jersey. Donde, solo, sin el menor amigo ni conocido, tuve que «hacerme un hueco» en el Mayo, sin duda la comarca más salvaje de Europa. Donde, en agosto de 2003, recibí la orden de detención internacional que me obligó a refugiarme en Suiza, donde fui detenido.
Así que voy a ilustrar simplemente dos instantes de verdadera felicidad.
En 2002 me pongo a soñar… Me he hecho amigos, he reconstruido mi vida. Desde la Isla Verde, el silicio orgánico parte hacia el mundo entero. Voy a retomar mis investigaciones.
Quizá sea hora de establecerme por fin y de llevar una vida normal. La vida de don nadie, vamos. Repantigado en un sillón frente a un buen fuego de turba, un whisky en la mano, una pipa humeante y un perro grande y cariñoso suspirando de gusto sobre la alfombra.
Busco, pues, un nido para esa felicidad imposible. ¡Y lo encuentro! Una casa de ensueño: a diez metros de un lago, lejos de cualquier ciudad e incluso de cualquier pueblo, en medio de una reserva ornitológica. Es junio de 2002.
Allí soy feliz. Feliz como un rey. Durante un año.
Rodeado solo del ruido de una multitud de pájaros, encantado con la pareja de liebres y su cría que venían cada mañana a pastar en mi césped y a devorar las verduras de mi huerto, con la vista del lago a cuya orilla paseaban todo el día vacas gordas y ovejas plácidas.
Dispongo incluso de un invernadero y de un gran huerto donde experimentar con el silicio orgánico en las hortalizas. Y de un gallinero donde doce gallinas enormes esperan la hora de un retiro apacible ofreciéndome cada mañana huevos frescos descomunales. Y de una chimenea donde, de la mañana a la noche, arde un fuego de turba.
La felicidad, les digo. Ya era hora, ¿no?, después de siete años de huida. Siete años con la certeza absoluta de que en varios ministerios ciertas alimañas no me han olvidado; siete años de agotadora tensión nerviosa con una espada de Damocles sobre la cabeza que algún día tiene que caer. Pero ¿cuándo? ¿Y cómo?
Un año y medio después seré detenido.
Muy cerca de mi casa había descubierto un lago minúsculo escondido al final de un camino destrozado. Una gran gota de agua en medio de las landas que se extienden al pie del monte Nephin. Un lago que casi nadie conoce, llamado Lough Agawna. Un remanso de paz donde me gustaba ir a descansar.
La naturaleza está allí intacta, sin duda sin cambios desde hace siglos. Por la mañana y por la tarde, cientos de truchas pardas, las más hermosas del mundo, saltan para atrapar insectos. En ese paraíso preservado retozan cisnes, garzas, patos, conejos, visones, pollas de agua, fochas, zorros, tejones, miles de ranas y ranitas. Hay incluso una pareja de martines pescadores, tan poco ariscos que el macho se me posaba en el hombro en cuanto llegaba.
Y luego hay doce toros. O más bien había. Además, ya no eran exactamente toros: eran bueyes.
Y durante todo un verano asistí a un espectáculo fabuloso: ¡el baño de los bueyes! La primera vez, durante unos segundos, me creí transportado al fondo de Asia, donde los búfalos se bañan en los arrozales. Pero no, me pellizqué: estaba en Irlanda.
Todo el día, «mis» bueyes paseaban en grupo alrededor del lago, salvo uno, un individualista de pelaje blanco y rojizo, siempre apartado. Y luego, como a una orden, entraban despacio en el agua hasta el vientre y se ponían a pastar cañas y colas de caballo.
Me encariñé con esos bueyes. Y ellos, creo, conmigo: formaban un círculo alrededor de mi coche cuando llegaba, buscando una caricia o un rascado entre los cuernos. O más bien en la frente, porque, para cumplir una estúpida consigna europea, ahora hay que serrar los cuernos de los bóvidos, a riesgo de provocarles importantes trastornos físicos y psicológicos. Pero si creen que el equilibrio mental de los bueyes traumatiza a los tecnócratas de Bruselas, se equivocan.
En fin: aparte de castrados y descornados, apenas se veía en mis bueyes la huella del hombre. Eran bueyes felices. Alimentados de cañas y hierba fresca, al aire libre, sin que nadie se ocupara de ellos ni los molestara, ¿por qué maldición iban a contraer la enfermedad de las vacas locas?
Tenían, sin embargo, un propietario, los pobres. Una mañana, mis bueyes no estaban en el baño. No había nadie. Salvo el propietario, precisamente. Le pregunté dónde estaban mis bueyes. Me contestó: «Ah, se fueron ayer…» «¿Se fueron? ¿Adónde?» «¡Pues a la Fábrica!»
La Fábrica, con mayúscula, quiere decir el matadero, la fábrica de hamburguesas. Me sentí muy triste.
Esta pequeña historia es solo para contarles por qué en Irlanda las vacas no están locas. Porque incluso las que no tienen un lago privado pasean, pastan y beben, libres, por las colinas, las montañas y las llanuras. Allí solo hay bueyes felices hasta su último instante.
El día fatal suben sin desconfianza al camión que el ganadero usa habitualmente para cambiarlos de prado cuando la hierba escasea. Se van, encantados, a dar un último paseo en coche hacia un lugar donde, piensan, la hierba es más fresca, más abundante y más jugosa. En su imaginación van tranquilamente a pastar a los ricos pastos del Gran Manitú, como decían los indios de América antes de ser masacrados por los invasores de Occidente.
Se van sin aprensión, relajados. Hasta el último segundo, en que mueren sorprendidos. Al menos, eso pienso. En todo caso, eso espero.








