Loïc Le RibaultSitio oficial · 1947–2007

Tierras de exilio

«Fue una tierra de asombro a cada instante.»

El reportaje fotográfico de Loïc Le Ribault sobre su viaje a Omán

Para mí, Omán no fue una tierra de exilio: esta vez no me expulsaban de ninguna parte y unos amigos me esperaban con los brazos abiertos.

Fue una tierra de asombro a cada instante.

Primero, por la obra realizada en treinta y cinco años por el sultán Qabus bin Said al Said. Monarca absoluto, pero soberano ilustrado como la Historia ha conocido pocos, sacó a su país de la Edad Media para llevarlo a la modernidad, preservando su carácter y su herencia cultural (véase Qui a peur de Loïc Le Ribault ?).

Pero el propósito de este álbum es simplemente hacerles descubrir algunos aspectos de este país, iluminado por la amabilidad de sus habitantes, en medio de la mezcla de aspereza y dulzura de unos paisajes donde alternan flores y rocas desnudas, la sequedad tórrida del desierto y la frescura de los oasis. Todo ello en un clima de gran tolerancia y de seguridad absoluta.

¿Qué no hay que perderse, en esa profusión de tesoros? La elección es difícil…

Primero, diría, el mercado de cabras que se celebra en Nizwa todos los viernes por la mañana. En una profusión de colores y un estruendo ensordecedor, se ve a las beduinas negociar el precio de los animales y a los notables luciendo con orgullo el khanjar, el puñal tradicional.

Después, no se pierdan un combate de toros. Pero atención: nada que ver con la barbarie degradante de las corridas españolas, en las que un hombre armado se enfrenta sin gloria a un animal debilitado.

Hay que saber que el sultán prohíbe el maltrato de los animales y que la naturaleza en Omán está meticulosamente protegida: numerosas reservas naturales, prohibición absoluta de la caza (incluida la de mariposas), protección de las especies amenazadas y reintroducción de especies autóctonas desaparecidas. Los coleccionistas de conchas pueden, eso sí, entregarse libremente a su pasión en las inmensas playas, a condición de recoger solo conchas muertas.

Por eso aquí se enfrentan, cara a cara y lealmente, dos toros de igual fuerza, de la misma edad y del mismo peso. Cada uno lleva una pata atada a una cuerda que sujetan unos hombres y de la que tiran, si hace falta, para separar a los combatientes en caso de exceso de violencia. Se toman todas las precauciones para evitar la menor efusión de sangre y, en caso de accidente, los cuidadores intervienen de inmediato para atender al herido.

Por último, vayan una mañana al mercado de pescado de Muttrah. Descubrirán la vida de una pequeña ciudad enteramente marcada por la llegada de las barcas, la descarga de pescados de colores luminosos y toda clase de pequeños oficios que giran en torno al mar.

En el mercado de Muttrah hice muchos amigos… y, tras un largo periodo de aclimatación, me convertí en fotógrafo autorizado por los pescadores.

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